Torá y Cabalá III
Por Eduardo Madirolas Isasa

No se trata, por supuesto, de negar los acontecimientos históricos o la validez de las prescripciones éticas. Los distintos estratos interpretativos, y la tradición considera cuatro - literal, alegórico, metafísico y místico - no pueden ser contradictorios entre sí, sino más bien complementarios. Lo que se pretende es abrir una ventana a lo eterno en medio del tiempo. Espacio y tiempo, desde el punto de vista místico, son relativos: son instrumentos separadores (o diferenciadores) de elementos que, arquetípicamente, están unidos. Dios piensa en arquetipos. Este es el lenguaje que el cabalista se esfuerza por aprender. Su objetivo es vivir con un pie en cada mundo, haciendo de puente entre ellos.
Todo lenguaje especializado, sea formal o simbólico, requiere un aprendizaje. La Cabalá, el lenguaje interno de la Torá, no es distinta en ese sentido. Pero hay una diferencia y es que no hay Cabalá sin compromiso: puesto que el mundo y el propio ser humano está contenido en ese Lenguaje que procesa el campo unificado de conciencia/energía, utilizar ese lenguaje es actuar sobre sí mismo y el mundo. Es como si una parte de un acelerador de partículas elementales fuera volitiva y autoconsciente, y pusiera por sí misma en funcionamiento el sistema del cual forma parte, incorporándose al flujo de energía que actualiza las ecuaciones físicomatemáticas de las interacciones entre partículas.
Eso hace el ser humano con su pensamiento, con su concentración, con sus técnicas de meditación, con sus acciones éticas y simbólico-rituales intencionadas. Un Nombre Divino, por ejemplo, es como una ecuación: sus letras son operadores que actúan sobre determinadas configuraciones de esa energía que estamos considerando y que en Cabalá recibe el nombre de En Sof Or, la Luz infinita, procesándola y haciéndola, por así decir, más activa. Y actualizándola, el ser humano se hace cada vez más transparente, más poroso a esa Luz, saltando cuánticamente a órbitas de comportamiento y de ser cada vez más energéticas, más espirituales, transformándose por completo en el proceso.
Este camino está abierto a todos, si se está dispuesto a trabajar lo suficiente. Por cierto que, por involucrar el todo de la persona, tiene sus riesgos y peligros: no hay más que ver los términos impresionantes en que viene descrita la experiencia del Sinaí - el fuego, la nube, la densa humareda... - y que representan barreras mentales que el meditador tiene que atravesar para alcanzar los planos espirituales. O las cuatro cáscaras de la visión de Ezekiel que encierran en su interior el núcleo: el viento tempestuoso del norte, que representa todas las agitaciones de la mente ordinaria (y que en estado de meditación se amplifican al infinito); la gran nube, que representa el estado de opacidad mental que sobreviene al transcender el anterior; el fuego relampagueante, o luz oscura , también llamada fuego del purgatorio, en el que el ser se ve claramente y tiene que purificar toda traza de negatividad; y, por último, el resplandor, que ya deja atravesar una cierta luz, pero que no permite ver claramente. Y en medio del resplandor, el jashmal, o silencio hablante, la fuente de la verdadera visión, análoga a la voz silenciosa del profeta Elías después de atravesar estadios similares a los descritos anteriormente. O la experiencia de los cuatro rabinos talmúdicos que entraron en el Pardes (acrónimo que significa que practicaban las artes místicas): uno murió (se quedó en el significado literal), otro se volvió loco (se quedó en el significado alegórico), otro apostató (se quedó en el significado metafísico), tan sólo Rabí Aquivá supo entrar en paz y salir en paz (alcanzó el significado místico).
Evidentemente hay muchos niveles de realización y no todos pueden alcanzar las mismas alturas. Quizá las experiencias cumbres, hasta la llegada de la era mesiánica (edad de oro), sean patrimonio de unos pocos. Pero el mínimo - y nos hallamos actualmente muy por debajo del mínimo - es para todos. Porque un cierto grado de conexión, elevado incluso, es accesible. Esta es la recepción, la cabalá, la llamada devekut o adhesión a la fuente divina. La devekut es un mandamiento de la Torá: " A El te adherirás" . Por tanto, obliga a todo el que la sigue.
Ese momento de dicha, la devekut, de comprensión sin límites, que resuelve no sólo la ecuación del mundo, sino también la propia - la del propio ser y destino - es el estado de conciencia que de partida corresponde a Adam, el ser humano arquetípico, del que la tradición afirma que podía ver de un extremo al otro del universo. La tradición afirma que la Torá es el Árbol de la Vida que nos hace retornar al Edén, otro nombre de la Sabiduría. Pero antes de poder comer de él, y vivir para siempre, es necesario pasar por la espada del keruv, hecha del fuego del jashmal, que se halla en el fondo de la propia mente.

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