Torá
y Cabalá II
Por Eduardo Madirolas Isasa
Es
evidente que lo que transmitió es la parte interna
de la misma, la conexión efectiva con los mundos
superiores, y en particular con su vértice superior,
llamado la fuente divina de todas las cosas. El poder espiritual
es precisamente lo que se "recibe", el verdadero
sentido de la palabra Cabalá. Pues un cabalista no
es un erudito, alguien versado en libros, incluso que conociera
de memoria todas las interpretaciones místicas de
la Torá. Como hemos apuntado antes, no hay cabalista
sin revelación interior, sin estar conectado y transmitiendo,
ya que, por seguir con el símil eléctrico,
como sabe todo el que intenta transitar las sendas del espíritu,
el que está enchufado y no transmite, cortocircuita.
Y el instrumento de conexión es precisamente la Torá,
entendida y vivenciada de un modo particular, en un compromiso
total con ella. Así se comprende que su estudio sea
el precepto fundamental del judaísmo, ya que, en
principio, la revelación del Sinái fue pública,
abierta a todos, y todo judío, por definición,
está llamado a un alto grado de desarrollo espiritual:
"Pueblo de sacerdotes y nación santa",
en palabras de la propia Torá.
A una mentalidad que ha pasado por la crítica de
la razón y la revolución científico
tecnológica le puede resultar absurdo (o insensato)
este punto de vista total, especificado en la vieja enseñanza
rabínica de que toda la sabiduría se encuentra
contenida en la Torá. ¿Cómo se puede
hablar de sabiduría en un sentido absoluto en un
texto tan polifacético, que incluye relatos de teofanías
y otras manifestaciones espirituales, preceptos de conducta
ética, documentos de historia, política y
antropología, así como fragmentos de filosofía
y cosmovisiones primitivas? Pero la respuesta es que la
Torá es pluridimensional, con muchas lecturas e interpretaciones
bajo la apariencia de una narrativa lineal que la hace aparecer
un libro cerrado y sellado. Aquellos que simplemente la
contemplan a la luz del flujo entrópico de la historia,
se quedan en los vestidos (por utilizar la metáfora
del Zohar), apenas perciben el cuerpo, y menos aún
el espíritu que lo anima.
"¡ Ay del hombre que dice que la Torá
presenta meros relatos y palabras corrientes, porque, si
este fuera el caso, nosotros mismos en la actualidad podríamos
componer una torá y hacerlo aún mejor!",
se lamenta el Zohar por boca de Rabí Shimón
Bar Yojai . Y continúa explicando Bar Yojai, uno
de los más grandes místicos de la humanidad,
que la Torá tiene un cuerpo, que son los preceptos,
el cual aparece cubierto con los ropajes de las narraciones
de este mundo. Es de necios mirar sólo a los vestidos,
porque su valor reside en el cuerpo, y el de éste
a su vez en el alma: "Los que saben algo más
miran al cuerpo debajo de la ropa. Pero los sabios, los
(auténticos) servidores del Rey Supremo, los que
estuvieron en el monte Sinaí (en cualquier tiempo
y lugar) miran sólo al alma, que es el fundamento
de todo, la verdadera Torá. (Pero todavía
hay un más allá) Y en la vida futura (entendida
como un estado atemporal del ser o como un nivel de conciencia
superior) están destinados a contemplar el alma del
alma de la Torá.
Es evidente que si se quiere comprender algo de lo que aquí
se está hablando, hay que abandonar la dimensión
relativa y entrar, siquiera como hipótesis de trabajo,
en otra categorización de la realidad, que se va
a basar, a la vista de todo el uso hermenéutico del
texto bíblico como preparación para la experiencia
mística, en otra forma de entender el lenguaje. Hay
que darle a éste un papel no neutro en el acto del
conocimiento, admitiendo que entre conocedor y conocido
hay una superficie de contacto que actúa como filtro,
y que está constituída por el nivel descriptivo
de la realidad, el cual selecciona, limita, configura en
suma, lo que es la experiencia de esta realidad. Si se admite
esto, se puede vislumbrar que diferentes modelos de la realidad
(o diferentes estratos de significación de un mismo
modelo) puedan mostrar, y de hecho muestren, de una forma
no trivial, distintos paisajes gnoseológicos y vitales.
El
punto de vista aceptado es que el lenguaje es un espejo,
más o menos translúcido de la realidad. ¿No
puede ocurrir a la inversa, que la realidad sea como un
"modelo" del lenguaje (en el significado semántico
del término), es decir, una estructura que verifica
o valida las proposiciones lingüísticas? Después
de todo, ¿dónde sucede el mundo? ¿Ahí
afuera, o en el sistema nervioso? ¿Qué resulta
ser, por tanto, exterior y qué interior?
Hay un nudo gordiano que enlaza inextricablemente a los
vértices del triángulo objeto/lenguaje/sujeto.
La filosofía antigua da preponderancia al objeto,
y es tildada de realista ingenua. La filosofía moderna
parte del sujeto, y termina en un idealismo a ultranza.
La filosofía contemporánea - y posiblemente
la futura - necesita enfatizar el tercer término,
el lenguaje, pero en sus tres campos de semántica
(relación con el objeto), pragmática (relación
con el sujeto) y sintaxis (relación consigo mismo).
La ciencia contemporánea (léase física
cuántica) se halla perpleja ante las paradójicas
intersecciones de los tres términos. El cabalista
opta radicalmente por una visión monista, devolviendo
a la palabra su estatus ontológico y creador. Los
tres vértices son uno y el mismo. Existen actualmente
como "separados" para determinado nivel de conciencia,
el cual es una fase de desarrollo o desenvolvimiento de
un "algo" único omniabarcante. Este es
el modo en el que considera al lenguaje (sagrado) en el
cual está escrita la Torá.
Quizá si utilizamos la palabra "programa"
(de software) en vez de "lenguaje" y consideramos
a la realidad como un metaprograma (pues todo orden conlleva
inherentemente una cantidad de información) procesado
por la "maquinaria cósmica" tendremos una
imagen plástica de lo que se quiere decir. En lugar
de maquinaria, y ya que ella misma debe formar parte del
programa, habría posiblemente que utilizar conceptos
como "inteligencia universal" o "mente divina",
dejando estos términos sin especificar más
que por analogía.
Y así, la hipótesis es que, en forma codificada,
la Torá es ese programa. En sus propios términos,
el presupuesto de partida es que la Torá es palabra
directa de Dios. Y es, hasta cierto punto, indiferente cómo
se entienda este concepto de Dios - a qué se aplica
exactamente - ya que todo el mundo sabe que es un velo,
o un fondo, puesto delante de lo incognoscible. A algunos
les resultará sugerente, sin duda, alguna imagen
evocadora, como, por ejemplo, la imagen del gran polo positivo
de la batería cósmica, y considerar el mundo
como energía (en el fondo todos esos términos
son también elementos lingüísticos).
La energía no sería puramente física
-esa sería su circunferencia exterior - sino una
energía viva, consciente, dadora y creadora (estamos
empezando a construir otro modelo), a la que los antiguos
llamaban Luz, entre otras cosas por su carácter intelectivo.
De ella derivarían todas las energías particulares,
ya sean espirituales, mentales o físicas, en un continuo
que rompe sus simetrías y diferencia sus elementos
(metáfora de la Gran Explosión). No podemos
evadirnos de usar imágenes y, al menos, éstas
se expresan en términos de uso corriente hoy.
Lo que parece lógico es que todas las propiedades
de lo generado deben dimanar de algo equivalente en el dimanador
- aunque en otro orden de magnitud mucho más exaltado,
y eso porque la mente no puede pensar más que en
un número finito de categorías - lo que justifica
los antropomorfismos usados: cuerpo, mente, palabra, pensamiento
de Dios. Y el camino lógico, de nuevo, es el que
invierte los términos: no es que el ser humano, que
piensa, mediante una proyección primitiva, atribuya
esta característica a un ser superior (proyección
así mismo de su propio ser). Es más bien que
el pensamiento humano es una contracción (tsimtsum,
en lenguaje cabalístico) de la propiedad equivalente
divina. Y así sucesivamente.
En esta concepción, si la Torá es la concreción
(o contracción) del programa divino, contiene al
mundo y a todas sus leyes, si se sabe leer. Como dice el
Midrash de los Salmos (sobre el tercero): "Si los capítulos
de la Torá se hubieran dado en su orden correcto(
entiéndase si la Torá estuviera escrita en
forma abierta, no cifrada), cualquiera que los leyera podría
crear un mundo, hacer milagos y resucitar a los muertos.
Por eso, el verdadero orden de la Torá fue ocultado
y lo conoce solamente Dios".
También la Torá contiene al ser humano, e
incluso a la propia dinámica divina. Porque, como
dice Gershom Scholem : "La Torá no es en realidad
otra cosa que el gran Nombre del propio Dios. En ella Dios
expresa su propio ser en cuanto éste tiene que ver
con la creación y en cuanto puede manifestarse a
través de la creación ". Así,
por encima de la torá oral y de la torá escrita,
está la Torá primordial, que es como decir
la sabiduría, el espejo de la verdad divina, en el
que Dios se mira a sí mismo (y de ahí la referencia
al Nombre de Dios) y conoce todas las cosas en un eterno
ahora: un estado de omniconciencia, descrito como pura luz,
en el que todas las cosas existen atemporalmente como ideas
vivientes, como en su arquetipo, antes de ser creadas en
los mundos. Esta es la Torá que, según la
tradición, Dios consultó durante dos mil años
(una referencia a la primera letra del Génesis) para
crear el mundo (y que no es otra cosa que su Pensamiento).
Las letras de la Torá no son, por tanto, las letras
escritas sobre pergamino (de la misma forma que un interruptor
no es la corriente a que da paso), sino las distintas configuraciones
primordiales que ha asumido la luz o energía divina
(su Pensamiento), algo así como los distintos tipos
de fuerza que existen. Las combinaciones de letras, en nombres,
palabras, versículos,etc., en cuanto concreciones
lingüísticas del pensamiento creador, son el
agente formativo de la realidad. Esta es lenguaje y, en
última instancia, reducida por las técnicas
meditativas cabalísticas de construcción y
de destrucción semánticas (para hacer audible
la música del pensamiento puro, en palabras de Scholem),
la realidad se torna conocimiento, sabiduría, conciencia
pura, luz.