Torá
y Cabalá I
Por Eduardo Madirolas Isasa
La Cabalá es la tradición esotérica
y mística del judaísmo. Ahora bien, toda la
sabiduría de Israel se encuentra contenida en la
Torá, palabra que designa a la ley revelada, dada
por Dios a Moisés en el monte Sinaí, pero
que literalmente significa guía, instrucción
y enseñanza. Estos términos hay que comprenderlos
en un sentido integral, al modo de la sabiduría antigua.
De hecho, haríamos justicia al verdadero concepto
de la Torá si le diéramos los significados
complementarios de camino espiritual, sentido último
de las cosas, ley que todo lo rige y manual de instrucciones
para la conciencia superior. El intentar dar un sentido
comprensible a estos asertos es el objetivo del presente
artículo.
Si bien de un modo restringido la Torá son los cinco
libros de Moisés o Pentateuco, la primera de las
tres secciones en que se divide la Biblia hebrea (aunque
por extensión viene a designar a toda ella) la tradición
considera que ésta es sólo su parte escrita
(Torá Sebijtav). Son necesarias para su comprensión
y aplicación toda una serie de exposiciones e instrucciones
que eran transmitidas de boca a boca, de ahí su nombre
de Torá oral (Torá Sebeal pé), y que
se considera que también fueron reveladas a Moisés.
Finalmente fueron puestas por escrito en el Talmud, ya que
corrían el peligro de perderse tras la destrucción
del segundo templo y la dispersión del pueblo judío.
La parte más interna, la más recóndita
u oculta del sistema, que también formaba parte de
la Torá oral, siguió sin embargo siendo esotérica,
enseñándose sólo de modo personal,
a uno o a unos pocos discípulos. Eso es lo que constituye
todo el conjunto de enseñanzas místicas y
técnicas de desarrollo espiritual, algo así
como la guinda que corona la tarta del judaísmo,
y que más tarde afloraría bajo el nombre de
Cabalá. Esta palabra significa recepción,
lo que alude, sin duda, al modo de transmisión, pero
también al acto de "revelación"
interior que abría las puertas hacia las experiencias
místicas límite llamadas "mundos superiores".
Sólo entonces el aspirante era considerado mecubal,
es decir, recibido.
Mientras que en algunos momentos de la historia ciertas
partes de la Cabalá también fueron puestas
por escrito, éstas se refieren sobre todo a los aspectos
teóricos y especulativos, que además podían
ser vertidos en el lenguaje de los tiempos. La parte práctica,
las claves psicológicas y las técnicas de
elevación espiritual (así como las propias
experiencias personales de los cabalistas), se mantenían
en secreto en el seno de pequeños grupos o sociedades
y eran enseñadas sólo a unos pocos discípulos
dignos de ello.
No siempre ha sido así. En tiempos bíblicos,
durante la época de Salomón, el Talmud nos
informa de que literalmente había millones de individuos
introducidos en los misterios proféticos . Por lo
críptico del propio texto sobre las circunstancias
personales de los profetas, parece como si éstos
surgieran de la nada, por una elección divina, sin
ningún esfuerzo o trabajo previo por su parte. Esta
es una de las muchas ideas falsas preconcebidas con que
nos enfrentamos a la interpretación del Tanaj, o
Biblia hebrea. Nada más lejos de la realidad. Eran
necesarios años de intensa práctica y disciplina
antes de poder concentrar y canalizar el poder espiritual
suficiente para siquiera tener la oportunidad de ser "elegido".
Está atestiguado que había escuelas especializadas
en la enseñanza de la profecía y otros estadios
de iluminación conocidos genéricamente como
Rúaj HaKodesh (Espíritu Santo). Porque la
profecía era quizá el último estadio
de la escala mística, y aún dentro de ella
había numerosos grados de realización. En
general, las experiencias místicas y espirituales
personal no eran raras en aquellos días.
Ciertamente, los profetas bíblicos deben ser contados
entre los grandes místicos de todos los tiempos.
Sus elevadas técnicas de meditación, entre
las que se encuentra toda la tradición de los Nombres
de Dios y, por supuesto, del poder de las letras hebreas
como instrumentos de meditación, son prácticamente
desconocidas, habiendo sólo sobrevivido en parte
en la Cabalá. Precisamente, una de las principales
ramas de ésta recibe el nombre de "profética",
por dejar en un segundo plano la especulación teosófica
para concentrarse en las prácticas conducentes al
éxtasis.
En general, los profetas asumían funciones de guías
del pueblo y esto es de lo que trata la parte conservada
de sus escritos. El hecho es que, en parte por su compromiso
político, enfrentado al poder establecido (político
y religioso), en parte por las desviaciones populares fáciles
hacia la idolatría, el ocultismo y la hechicería,
con sus peligros inherentes (lo podemos ver en la proliferación
actual de cultos y sectas), las escuelas proféticas
fueron perseguidas y finalmente abolidas. Sólo unos
pocos grupos, pequeños y cerrados, pudieron mantener
viva y activa la cadena de la recepción.
El proceso de ocultación se realizó con tanto
éxito que cuando algunas partes de la Cabalá
salieron finalmente a la luz muchos objetaron que esta tradición
no formaba verdaderamente parte de la revelación
sinaítica (y por tanto de la Torá), que era
una elucubración personal, en todo caso una elaboración
muy posterior, reflejando, o incorporando incluso, influencias
no judías. Sin negar las posibles influencias, probablemente
en ambos sentidos, nos atenemos a lo escrito en el tratado
Pirké Avot, escrito en la época talmúdica,
en donde leemos que hubo una cadena de transmisión
constante: "Moisés recibió (Kibel, de
donde deriva la palabra Cabalá) la Torá en
el Sinaí, y se la transmitió a Josué,
y Josué la transmitió a los ancianos y los
ancianos a los profetas y los profetas la transmitieron
a los sabios de la Gran Asamblea" . Fue en este periodo
de reconstrucción, al retornar del exilio babilónico,
cuando se declaró "oficialmente" cerrada
la etapa de la profecía. Siguieron unos siglos de
silencio y después afloraron las experiencias visionarias
de la Mercavá, pero en los "cabezas de academia",
en los más sobresalientes individuos llamados "lámparas
de la Torá", es decir, de forma muy minoritaria
y extremadamente selecta.
Ahora bien, la pregunta es la siguiente: Si la revelación
sólo consistió en los preceptos literales,
que Moisés consignó en unos libros, junto
con unas instrucciones verbales para practicarlos, ¿qué
sentido tiene decir que le transmitió la Torá
a Josué, etc., puesto que ya era pública,
ya que todos debían cumplirla?