LAS LETRAS DE LA CREACIÓN
Una contribución a la lectura del Séfer Yetsirá.
Por Eduardo Madirolas Isasa
(Publicado en la revista Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura. nº 36. 1999)

 

LAS LETRAS DE LA CREACIÓN
Una contribución a la lectura del Séfer Yetsirá.
Por Eduardo Madirolas Isasa
(Publicado en la revista Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura. nº 36. 1999)
El primer capítulo del Génesis establece que Dios creó el mundo mediante diez expresiones o palabras:
1. "Haya Luz"
2. "Haya un firmamento por en medio de las aguas..."
3. "Acumúlense las aguas del firmamento en un solo conjunto..."
4. "Produzca la tierra vegetación..."
5. "Haya luceros en el firmamento..."
6. "Bullan las aguas de animales vivientes...."
7. "Produzca la tierra animales vivientes..."
8. "Hagamos al hombre..."
9. "Sed fecundos y multiplicaos..."
10. "Ved que os he dado toda hierba portadora de semilla..."

Si todo el Pentateuco - la Torá - se puede considerar como la plasmación del Pensamiento Divino, solo que expresado en una forma recóndita y altamente codificada, esto es particularmente cierto del primer capítulo del Génesis. En él aparece prefigurada toda la estructura del Arbol de la Vida - el símbolo fundamental de la Cabalá - que es a la vez un mapa del mundo, del ser humano y del mismo Dios en su aspecto manifestado.
El Árbol de la Vida contiene treinta y dos elementos esenciales: diez esferas o Sefirot y veintidós canales que las interconectan entre sí. Las diez esferas corresponden a estados objetivos del Ser: son los arquetipos de manifestación de lo Divino, que después se constituirán en modelo de todo lo existente. Los veintidós canales ponen en comunicación las esferas o niveles, integrándolos en un conjunto orgánico. Están en correspondencia con las veintidós letras del alfabeto hebreo y podemos preguntarnos cuál es el sentido de una atribución tan curiosa. ¿Qué tiene que ver un cable, un instrumento de transmisión energética, que es la idea de un canal, con un elemento lingüístico, tal como una letra, que permite estructurar los sonidos en palabras comprensibles?
De esto va a tratar el presente artículo y nos acercaremos con ello a la dilucidación de una de las claves más profundas de la Cabalá: el significado y uso de las letras del alfabeto hebreo. Nos vamos a dejar acompañar en este empeño de un antiguo y enigmático libro, el Sefer Yetzirá, que trata justamente de la Creación y de las letras, y al que los estudiosos han intentado arrancar sus secretos durante al menos los casi dos milenios de su versión escrita. Es precisamente en el Sefer Yetzirá en donde aparecen por primera vez claramente expresados los treinta y dos elementos de la Creación, separados en dos grupos: diez Sefirot y veintidós letras, divididas éstas, a su vez, en tres conjuntos de tres letras madres, siete dobles y doce simples, respectivamente.
El Sefer Yetzirá pretende ser una explicación del primer capítulo del Génesis y, en efecto, esta estructura se encuentra codificada en él de la siguiente manera: treinta y dos veces aparece mencionado el nombre Elohim, traducido como Dios. Las diez palabras explícitas de Dios, es decir, las diez veces en que directamente aparece la expresión: "Dijo Dios", y que han sido enumeradas al principio de este artículo, corresponden a las diez sefirot o esferas. Hay siete veces en las que se dice que "Dios vió", lo cual corresponde a las siete letras dobles , tres veces se menciona que "Dios hizo", lo cual alude a las tres madres. Por último, en doce ocasiones se describen otras acciones divinas, en consonancia con las doce letras simples restantes. También en el Arbol de la Vida, en su diseño actual comúnmente aceptado, aparecen siete canales verticales, tres horizontales y doce oblicuos.
Ahora bien, la Biblia es un libro a la vez abierto y cerrado. Es abierto porque está escrito en un lenguaje "corriente", usando imágenes y realidades corpóreas espacio-temporales en un sentido simple y coherente, que cualquier persona es capaz de comprender. Esta es la interpretación literal, que ciertamente transmite un significado espiritual profundo sobre el que se han construido, directa o indirectamente, las tres grandes religiones monoteístas. Pero existen otros niveles de interpretación, alegórico, metafísico y místico, que permanecen sellados - insospechados incluso - si sólo nos ceñimos al significado literal de las palabras.
La Cabalá, que aspira precisamente a desentrañar el último nivel, el significado místico, afirma que la Biblia, fundamentalmente la Torá (el Pentateuco o los cinco libros de Moisés), si es sagrada es porque tiene su raíz en la propia Deidad, siendo la plasmación en escritura y letra viva del Pensamiento Divino creador. Es evidente, entonces, que lo que se está narrando, en el primer capítulo del Génesis por ejemplo, no es ni siquiera la estructura de un mundo, sino la esencia de todos los mundos, que se hallan contenidos en estado arquetípico o ideal en el Pensamiento Divino.
En este nuestro plano, que es un mundo de ocultación, del mismo modo que la Luz de la Presencia Divina no puede brillar directamente, tampoco las realidades trascendentes pueden aparecer tal como son, sino más bien vestidas con los ropajes de historias corrientes, de alto contenido moral y espiritual, por supuesto, aún en su sentido más literal.
Volviendo a la historia de la Creación, muchas cuestiones de orden metafísico quedan sin aclarar en la narración del primer capítulo del Génesis y es necesario recurrir a su interpretación esotérica para intentar dilucidarlas: al Sefer Yetzirá, y también a otros textos, como el Zohar, etc. Por ejemplo, ¿ cómo debemos interpretar el hecho de que Dios "hable" y que, como resultado de esas palabras, tenga lugar la Creación? ¿Debemos imaginarle como un monarca absoluto que expresa su voluntad e inmediatamente se realiza su deseo? Pero, ¿por quién y cómo? ¿Qué ministros ejecutan Su voluntad, si éstos pertenecen al dominio de lo creado? ¿Sobre qué sustancia actúa la palabra de Dios? ¿Sobre el "vacío"? ¿Sobre una materia preexistente? ¿En qué consiste el paso de la nada al ser?
El Sefer Yetzirá, nombre que, por cierto, significa "Libro de la Creación " (o, más literalmente, de la Formación), intenta responder a algunas de estas cuestiones, tratando de establecer en qué consiste el acto creativo y cuál es la mecánica de la creación. Y esto lo hace analizando el despliegue del Pensamiento Divino, primero en números y letras, y luego en nombres, empezando por el propio Nombre de Dios, que es el arquetipo fundamental, ya que las palabras - los nombres - son la esencia de las cosas y dan lugar a ellas.

"Bereshit Bará Elohim Et HaShamaim VeEt HaAretz."
En-principio creó Dios - los-cielos y- la-tierra

Los cabalistas interpretan este primer versículo del Génesis de la siguiente manera: Elohim, el Nombre Divino utilizado, no es sino un aspecto de la Deidad manifestada, particularmente referido a Biná, el Entendimiento o Inteligencia Divina, que es la tercera Sefirá. En la frase en cuestión no está como sujeto, sino como objeto directo, siendo, pues, el resultado de la primera acción "creativa". Por otra parte, la preposición "B-" en hebreo, puede traducirse como "con", y no sólo como "en". Reshit, principio, es otro nombre de la segunda Sefirá, la Sabiduría. Y el verdadero sujeto de la frase, que sería la primera Sefirá, La Voluntad Divina o Corona, prácticamente identificada con el Infinito o Absoluto de la Deidad, aparece tan sólo implícita, místicamente aludida en el versículo. El resultado final sería el siguiente: "Por medio de la Sabiduría, el Misterioso Incognoscible (bendito sea su Nombre) creó a Elohim..."
También el Sefer Yetzirá comienza con operaciones que tienen lugar en el propio seno de la Deidad, como son el acto de "grabar su Nombre", para después proyectar el mundo; y así, su primer párrafo, con insuperable potencia expresiva, además de con la precisión técnica que requiere su objetivo (el ser un manual de meditación, o, mejor dicho, de conexión, tal como explicaremos luego) hace la siguiente lectura del primer versículo del Génesis:

"En treinta y dos senderos secretos de Sabiduría, grabó YaH, Y/H/V/H Tsebaot, Dios de Israel, Dios (Elohim) de Vida y Rey del Universo, Dios Todopoderoso (El Shaddai), clemente y misericordioso, elevado y sublime, habitante eterno del arriba y Santo, su Nombre y creó su Universo con tres sefarim (numeraciones): el número, la letra y la narrativa. Diez Sefirot del vacío y veintidós letras fundamento: tres madres, siete dobles y doce simples."

Sólo sobre este párrafo se podría escribir todo un libro, y lo mismo, por supuesto, sobre el primer versículo del Génesis, lo cual, por cierto, ya se ha hecho (en el Zohar, por ejemplo). Hemos añadido los subrayados para enfatizar los dos momentos del despliegue Divino a los que nos referimos antes y que, en lenguaje cabalístico, corresponden a dos mundos o niveles completos de manifestación: el mundo de las emanaciones o Atzilut, en el que Dios graba su Nombre, y el mundo de la Creación propiamente dicha, Briá en hebreo.
Es decir, que por medio de 32 elementos, el principio absoluto, el Infinito e incognoscible, graba su Nombre - proyecta una imagen/forma de Sí mismo, lo que constituye la esencia interna de la Luz y la energía pura de su Pensamiento - y crea su mundo: todo el universo manifestado. Y lo hace mediante tres sefarim o modos de manifestación: 1.Números o Sefirot, que determinan la cantidad o intensidad de la energía (no por disminución, sino por diferenciación); 2.Letras o moldes metafísicos, que determinan la cualidad de la misma, y 3. La combinación de ambas en narrativa o sonido compuesto: palabras moduladas en intensidad por los distintos filtros sefiróticos.
¿Cuáles son estas Sefirot o números primordiales? El Sefer Yetzirá las enumera:
La primera, el dominio de la Unidad, es el Espíritu del Dios Vivo (Rúaj Elohim Jayim) del que se dice que es la Vida de los mundos, la Voz, el Aliento y la Palabra, y que éste es el Espíritu Santo.
La segunda, que procede de la primera, es el aire espiritual, en el que son grabadas y cinceladas las veintidós letras como concreción del hálito divino, es decir, de la propia fuerza creativa de la Deidad. Las letras no son nada sin ese hálito único que las anima: el Rúaj haKódesh o Espíritu Santo. O, por decirlo aún de otra forma, las letras son los moldes metafísicos o vasijas que contienen y expresan la energía viva (Luz) del Espíritu Divino.
Podemos preguntarnos si hay alguna indicación (esotérica) en el primer versículo del Génesis sobre esta formación de las letras. La encontramos en la cuarta palabra, Et, que aparece también en sexto lugar: "Bereshit Bará Elohim Et haShamaim veEt haAretz".
Esta palabra, Alef Tav, que desde el punto de vista gramatical es puramente indicativa del objeto directo, es interpretada como representando a todo el alfabeto: Alef es la primera letra y Tav la última, algo así como decir en griego el alfa y el omega. Se nos dice entonces que hay una doble creación: las letras celestes (Et haShamaim) y las letras terrestres (Et haAretz). Dios ha dado el poder (mental) al hombre - y ésta es la clave de la aplicación mística del Séfer Yetzirá - de operar en las letras de arriba actuando sobre las letras de abajo. Sobre esto se hablará después.
Antes, es necesario abordar un problema con el que se encuentra todo estudiante de Cabalá, y es el de las correspondencias. Posiblemente el lector conocerá ya el Séfer Yetzirá, pero se ha encontrado con que le cuesta armonizar sus predicamentos con la forma actual de las enseñanzas cabalísticas. La versión moderna de las Sefirot y del Arbol de la Vida, desarrollada a partir del libro Bahir (S. XII, C.E.) y del Zohar (S. XIII), no parece ajustarse al modelo que describe el Séfer Yetzirá, que los antecede en varios siglos (aunque hay controversia, se estima que fue escrito en los primeros siglos de la era común).
Se nos dice, entonces, que han surgido en contextos históricos distintos, con necesidades filosóficas diferentes. El Séfer Yetzirá, presupone un medio neopitagórico, mientras que el Bahir y, sobre todo, los trabajos posteriores del círculo de Gerona y del Zohar, tratan de utilizar un lenguaje emanativo y neoplatónico. Sin embargo, una razón tan académica deja siempre insatisfechos a los estudiantes prácticos que necesitan usar un único sistema. Es necesario, pues, profundizar, para encontrar los puntos últimos de convergencia.
El Séfer Yetzirá habla de la creación, no de los procesos emanativos internos en el seno de la propia Deidad, que es lo que describe la concepción actual del Arbol de la Vida. En ésta, las Sefirot son los arquetipos o atributos de Dios manifestado - tan perfectos que apenas son distinguibles de su propia esencia infinita no manifestada. ¿Cuáles son estos arquetipos? La Sabiduría de Dios, su Entendimiento, su Misericordia, su Poder, etc. Todas estas cualidades configuran un mundo - Atzilut - y se presuponen en la descripción de la primera Sefirá del Séfer Yetzirá ( por ejemplo, en las expresiones Voz, Aliento, Palabra, etc.).
Las Sefirot en este libro son más bien dominios, regiones o dimensiones en las que Dios opera. Se dice de ellas que son Belimá, es decir, sin sustancia, del vacío. Porque para poder actuar sobre algo "fuera" de El, Dios ha tenido que crear una ausencia de Sí, un vacío dentro de Sí que posibilite la existencia de "otro": la Manifestación. Como dice el profeta Isaías (45:7): "Yo formo la Luz y creo la oscuridad. Hago la paz y creo el mal". Es decir, es la oscuridad lo que es creado. Esta oscuridad representa la fase de recibir, la vasija, y es lo que da forma a la luz infinita preexistente. Así, la segunda Sefirá es llamada "aire de aire", Rúaj merúaj (nosotros la hemos titulado aire espiritual para distinguirla del aire elemental que corresponde a una fase energética mucho más baja). Representa el choque primero del Espíritu Divino, que es una fase pura de dar (y corresponde a Kéter/Corona en cualquier mundo) con la fase de recibir o vasija (que corresponde a Maljut/Reino en cualquier mundo), lo que da lugar a las letras (como el aire continuo exhalado por los pulmones choca con las cavidades y estructuras de la garganta y la boca y produce los diversos sonidos).
La Creación es el dominio de la dualidad y por eso la Torá empieza con la letra Beit de Bereshit, que representa el número dos: cielos/tierra, luz/oscuridad, aguas superiores/aguas inferiores, etc. De ahí que el Séfer Yetzirá presente siempre a las Sefirot en pares de opuestos ("cinco frente a cinco", como dice el propio texto):

S. Y.: 1ª exposición S.Y.: 2ª exposición Árbol de la Vida
Una dim. temporal principio/fin agua/fuego jojmá/biná
Una dim. espiritual bien/mal espíritu/aire kéter/maljut
arriba/abajo arriba/abajo nétzaj/hod
Tres dim. espaciales este/oeste este/oeste tiféret/yesod
sur/norte sur/norte jésed/guevurá

Tabla 1.


Lógicamente, las Sefirot son sólo unas y debe haber una correspondencia entre los distintos conjuntos, aunque representen distintas fases. La visión mística del mundo es holográfica, en el sentido de que cada parte o fragmento, además de ser algo en sí, refleja al todo, que en este caso es el Arbol de la Vida. Cada Sefirá contiene un Arbol completo y cada uno de éste otro Arbol, y así sucesivamente, estando todo en relación con todo. Son nuestros esquemas mentales los que son lineales y limitados, incapaces de abarcar más de unos pocos aspectos a la vez, pero no la Mente Divina, que es infinita. E igual que cuando queremos dibujar en un papel una forma corpórea tridimensional hemos de usar mecanismos de proyección a dos dimensiones, nuestro diseño actual del Arbol de la Vida es una proyección a lo largo de la dimensión espiritual (anímica); de ahí su verticalidad. Las correspondencias del sistema actual con el del Séfer Yetzirá (en las dos versiones en que aparecen enumeradas las Séfirot) se muestran en la Tabla 1.


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